Human figure composed of cracked earth, wood, and colorful swirling elements

SOYYO

Es un lugar común pensar que el presente existe, cuando la realidad cambia en cada instante y solo puedes conocer lo pasado o anticipar el porvenir. Igual que creer y actuar como si uno fuera el mismo en cada momento, bajo una suerte de inmutabilidad ampliamente cuestionada por cualquier lógica o constatación.

Se llega incluso a creer que hay propósito en lo que pensamos que supuestamente somos, pero ni siquiera nuestro lenguaje y pensamientos nos pertenecen, ni nos son atribuibles. Forman parte, precisamente, del  sustrato común o como queramos llamarle, de una socialidad que contradice siempre cualquier pretensión de individualidad.

En rigor, es el bosque lo que permite entender la existencia de árboles, y si tratamos de indagar lo que cada uno es, llámese planta o persona, caemos en el mismo espejismo que llamar presente a lo ya pasado, o decir «yo» cuando en realidad solo podemos pensarnos y nombrarnos recurriendo a lo que no nos pertenece: el lenguaje, el pensamiento o las relaciones que tenemos y que nos van constituyendo, cambiando, permeando sin descanso.

Y es que aunque digamos “yo” por costumbre, todos siempre fuimos muchos y nuestra individualidad consiste precisamente en su falta. El otro, lo otro es lo que nos permite dibujarnos o perfilarnos aunque sea someramente. Es solo por contraste con el otro que podemos distinguirnos.

El psicoanálisis abunda en estos planteamientos cuando habla -confiemos que metafóricamente- del yo, ello y superyó de cada persona individuada. Unas instancias psíquicas por lo común mal avenidas pero imposibles de ignorar o de anular entre sí. ¿Que quién soy yo? pues todas ellas, sin que ninguna por separado pueda describirme o suplantarme.

E incluso estas tres resultan muy pocas para atender nuestra realidad figurada. Una figuración, además, siempre parcial y siempre limitada, más allá del tiempo y el espacio, por lo que no sabemos de nosotros mismos e incluso los demás sí pueden ver en alguna medida y grado.

Frente a esta precaria y falaz identidad subjetiva en constante cambio, es el hecho de la multiplicidad, de ser múltiples, lo único que permanece inmutable y se parece a sí mismo.

Entonces, si jamás podré saber quién soy, por mucho que insista en decir “yo” para mantener las apariencias, aunque en realidad sería más propio decir “nos”, ¿cabría preguntarse en su lugar, por ejemplo, por qué estoy aquí o cuál es mi destino?

Pero de  nuevo la respuesta no es favorable, a menos que pensemos que nuestra falsable identidad tiene también una propiedad de inmanencia que solo las religiones se atreven a sostener. Las mismas religiones, por otra parte, que como el capitalismo requieren del individuo separado para poder juzgarlo y condenarlo (prometen en todo caso salvarle en otra vida), explotarlo y comerciarlo.

Deja un comentario

Descubre más desde Blog de Juanjo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo